Hace tiempo, cuando no existía la posibilidad de contar con distribuidores de hielo, el ser humano ya necesitaba y anhelaba el hielo para enfriar sus bebidas, conservar los alimentos y tratar enfermedades y afecciones como la fiebre.
El Antiguo Egipto y el Imperio romano ya conocían estas propiedades del hielo e intentaban con diferentes técnicas conservar este bien tan preciado. Para ello construían estancias dedicadas exclusivamente a la conservación del hielo y mantenían facciones de las milicias encargadas de la búsqueda y el trasporte de este material desde las montañas y los ríos congelados. El proceso era complicado, largo y costoso, por lo que la utilización de este oro frío quedaba reservado a las clases más altas y pudientes de las sociedades.
En la actualidad es todo más fácil. Desde el siglo XIX se estudia cómo elaborar un mercado de este producto y comienza una verdadera revolución helada que intenta convencer a consumidores y a dueños de negocios de la importancia que tiene el hielo en diferentes actividades. En España se crean las primeras empresas dedicadas a la búsqueda y transporte de grandes bloques de hielo desde lagos helados de las regiones frías y se mejora poco a poco la forma de conservación, purificación y mantenimiento del material. Con la llegada de la electricidad nacen los distribuidores de hielo. Al cambiar el modelo de negocio, aumentó una demanda social estable del material helado. Esta comercialización facilita en España el acceso de casi todo el ámbito social a los bloques de hielo, aunque la idea no cuajó de forma exitosa hasta tiempo más tarde, debido a la reticencia de los comerciantes y las pocas posibilidades sociales.
Desde Hielo Copito nuestra pretensión es enfriar a domicilio, ofreciendo diferentes formatos de bloques de hielo y alquiler de congeladores adaptados a todas las necesidades.